Relato – Una tarde de verano cualquiera

No habían pasado más de las cinco de la tarde, cuando Laura vio entrar a su abuela en casa.

– Rápido, Laura, ven a ayudarme. Se ha muerto el abuelito de Cristina y necesito que me ayudes a llevar unas cosas a su casa.

– Voy abuela – dijo Laura levantándose del sofá y poniéndose sus Victoria verdes que le habían acompañado todo el verano.

Recogieron las cosas y diez minutos después iban caminando pueblo arriba a casa de Cristina. Laura iba feliz, brincando y cantando como siempre. Disfrutar de tres meses de verano en una aldea de montaña con sus abuelos era lo mejor del mundo.

Según se iban acercando a casa de Cristina, los coches se amontonaban a ambos lados de la carretera y había mucha gente mayor entrando y saliendo de la casa. Laura sintió miedo al ver a muchos de los abuelitos de sus amigas tan tristes, algunos incluso llorando. Dejó de saltar y se acercó a su abuela agarrándose fuerte a su falda. No sabía qué estaba pasando, sus piernas no querían continuar y sus ojos no dejaban de mirar las caras de esos abuelitos tan risueños siempre y tan tristes hoy. Ahí estaba el abuelito de Paula, cara pálida, larga, ojos sin brillo… incluso parecía que tenía más arrugas que nunca…

Llegaron a la puerta de la casa y comenzaron a subir los tres escalones de madera que llevaban a un pasillo largo y oscuro. Un escalofrío recorrió la espalda de Laura cuando entró en la casa. En lugar de ver la luz del sol llegar a la estancia a través del ventanal del salón; vio unos enormes cortinones rojos de terciopelo que ocultaban cualquier atisbo de luz. Laura se paró en seco y tiró de la falda de su abuela:

– Abuela, no vayamos ahí dentro. Tengo miedo.

– Vamos, Laura, que nos están esperando – dijo su abuela con prisa.

– No, abuela, no quiero ir.

– Bueno, pequeña, espérame aquí sentada. Vuelvo en un momento.

Laura se sentó donde su abuela le había indicado; en una esquina de ese salón tan sombrío. No quería levantar la mirada de sus pies, no sabía qué estaba pasando pero tenía miedo.

El salón había perdido su característico olor a manzanilla y hierbabuena. La estancia olía a incienso y a cera recién quemada. A su lado, sentadas en sillas, unas señoras mayores que no había visto en su vida, rezaban en voz baja mientras daban vueltas con sus dedos sobre rosarios de madera.

“Por favor, abuela, sal ya”, repetía para sus adentros Laura mientras dirigía la mirada hacia la puerta de la habitación en la que había entrado su abuela. Por fin la puerta se abrió y de ella salió su abuela con otras cuatro señoras, todas muy serias. Su abuela dirigió un gesto con la cabeza a unos hombres que Laura no había visto entrar y, éstos, muy silenciosos, se acercaron hacia las mujeres.

Pudo oír cómo se esforzaban en coger algo y unos segundos más tarde, salían de la habitación con una caja enorme, una caja que depositaron en medio del salón, justo enfrente de donde ella estaba sentada.

Sin previo aviso, las señoras comenzaron a rezar más alto y Laura, como activada por un resorte, se incorporó de la silla. Al levantarse, no pudo evitar mirar hacia la caja: allí estaba Francisco, el abuelo de Cristina aunque… no parecía él. Se acercó a la caja para ver mejor; la piel del abuelito de Cristina era de un blanco amarillento, encima de sus párpados había una moneda y, en sus manos entrelazadas sobre su abdomen, un rosario de madera.

No podía apartar la mirada de aquel señor, sí, porque no era el abuelo de Cristina. Se parecía a él, pero… no era él… no sonreía como siempre; iba recién peinado cuando él siempre llevaba el pelo arremolinado y… ¡llevaba un traje de chaqueta y pantalón!. Pero, ¡si el señor Francisco no se había puesto un traje ni los Domingos para ir a misa! ¿Cómo podía decir la abuela que ese era el señor Francisco?

Estaba Laura pensando en todas esas cosas cuando, de repente, al difunto se le movió una de las manos que fue a caer de golpe sobre el lateral del ataúd. El sonido fue fuerte y seco, como si algo o alguien golpeara una puerta de madera.

Las señoras que rezaban comenzaron a gritar, los hombres salieron de la estancia apresurados y… la abuela de Laura, sin pensárselo dos veces, se acercó a la caja, subió la puertecita de cristal que impedía tocar al señor Francisco y colocó la mano en su sitio. Una vez se aseguró de que no volvería a moverse, bajó la puertecita acristalada para que nadie más pudiera tocarlo. En ese momento, la corriente de aire que se formó al cerrar la caja, hizo que un olor nauseabundo llegara hasta la cara de Laura quien, con ganas de vomitar y sin poder aguantar más, miró hacia el pasillo, vio la luz de la puerta de entrada a la casa y corrió hacia ella como si el mismísimo diablo la persiguiera.

ALBOM.RB

Me encanta escribir, aunque… no me dedico a ello, de hecho, soy de ciencias 😉 Intento hacerlo lo mejor que puedo y trato siempre de mejorar cada día, para lo cual es fundamental practicar, practicar y practicar… Espero que lo disfrutéis y sepáis valorarlo 🙂 Gracias

 

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